El belga de la gran sinfonía francesa que es alemana

El gran y prácticamente solitario  ejemplo de sinfonía francesa del siglo XIX es de inspiración alemana y está escrita por un Belga. Efectivamente la tradición musical francesa nunca se interesó demasiado por la tradicional forma sinfónica, considerada como «cosa de alemanes», quizá por eso tuvo que ser el compositor de origen belga César Franck (nacionalizado francés para optar a una vida razonable como músico en París) que miró al modelo alemán, y concretamente a Wagner y a Liszt para la que será su tardía (y única) Sinfonía en re menor.

No hace falta mucha imaginación para comprender que el bueno de César Franck fue toda su vida un completo desgraciado y lo fue, sin duda, gracias a su padre, quien desde su nacimiento hasta que decidió romper con su progenitor a sus ya bien entrados 24 años se encargó de decidir su vocación y su destino sin importarle demasiado cualquier otra consideración.

Franck cambió el yugo de su padre por la penitencia de su cónyuge tras contraer matrimonio contra el criterio paterno y dar vida a cuatro hijos que le obligaron a centrarse en sus habilidades como intérprete con trabajitos por aquí y por allá para pasar más de veinte años sumido en la gris penumbra solitaria de un pequeño burgués (pero pequeño, pequeño…), con más dificultades y aprietos que posición y comodidades. Todo ello por el bien de unos hijos a los que se refirió con desasosiego y pena ya en su lecho de muerte: «mis pobres hijos…» (se ve que imaginaba que les esperaba una vida tan desgraciada como la suya y de algún modo se sentía culpable por ello).

Su padre había enfocado a su pequeño César Franck en el camino de la interpretación, soñando con un futuro Paganini o Liszt. Y al muchacho no le faltaban cualidades como intérprete y a ellas se aplicó siguiendo el camino para él trazado hasta que se topó, en una de sus clases, con una jovencita llamada Eugénie-Félicité Jaillot-Desmousseaux. Romperá con su padre tras violenta discusión y pasará de hijo a marido (en plena revolución de 1848) a llevar una vida un tanto errante como acompañante e intérprete que durante unos veinte años únicamente le permitirá sobrevivir a él y a los suyos hasta que finalmente, ya en 1872, se convierte en profesor de órgano del Conservatorio tras unos años como organista de la iglesia de Sainte-Clotilde que poco a poco borran de su rostro el anonimato.

La estabilidad económica de ese puesto en el Conservatorio permite que Franck pueda dedicar más tiempo a la composición, lo que inicia el periodo en el que da vida a sus grandes obras maestras: desde 1872 hasta 1890 nacen un puñado de obras entre las que se encuentran su Sonata para violín y piano, el Quinteto en fa mayor, las Variaciones sinfónicas para piano y orquesta y su Sinfonía en re menor, escrita entre 1886 y 1888 y de la que Charles Gounod llegó a decir que era «la incompetencia elevada a dogma».

Sin mucha tradición sinfónica francesa en la que mirarse, César Franck vuelve la vista a la tradición alemana y, especialmente, a la obra de Wagner y Liszt, pero aportando el concepto de «forma cíclica» francesa que habían explorado antes autores como Camille Saint-Saëns y Hector Berlioz. El resultado es una obra escrita en tres movimientos de orquestación muy maciza que a muchos (todos aquellos de imaginación más bien escasa) recuerda la sonoridad del órgano y que se inicia con un Lento – Allegro non troppo de una fuerza arrolladora, como de una locomotora a vapor siempre hacia delante, sigue con un Allegreto central que es una combinación de «andante y scherzo» —en el que una introducción del arpa acompañada por la cuerda en pizzicato sirve como introducción del tema principal en el corno inglés— y culmina en un exultante y alegro (casi maníaco) Allegro non troppo que es como una fiesta en la que se reencuentran todos los temas de la obra para reafirmar el carácter cíclico de esta sinfonía.

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